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 Tellería, en la isla de Corisco
(Guinea Ecuatorial), muy cerca de la desembocadura
del río Muni, donde estudió los hongos
‘Aphyllophorales’, en diciembre de 2001. (M. VELAYOS)
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 Tellería, en su despacho, con algunas
láminas del herbario.
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“Cuando
en África penetras tres kilómetros en la selva es
exactamente igual que en el siglo XVIII: sólo la
naturaleza y tú” |
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“Era
angustioso estar en medio de un océano verde
pensando si el piloto se acordaría de dónde nos
había dejado” |
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“Me
consideraba aventurera, pero cuando llegas a un
lugar desconocido te asustas y no lo quieres
reconocer” |
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Si alguien quiere saber cualquier cosa del Real
Jardín Botánico de Madrid, que se lo pregunte a María Teresa
Tellería. Veinte años en la dirección del histórico jardín (9
como subdirectora y 11 como directora), y toda su carrera
entre el pabellón diseñado por Villanueva y las plantas y
árboles exóticos que naturalistas españoles trajeron de
apartados rincones del mundo, le dan un conocimiento del
centro difícil de superar.
Un jardín botánico quizá es para algunos la antítesis de la
aventura, tan controlado todo, tan etiquetado, cuidado y
medido. Craso error. Un jardín de estas características, y más
cuando se trata de uno histórico, acarrea tras su pulcritud
muchas y arriesgadas expediciones científicas, que, en el caso
del de Madrid, se hicieron esencialmente por América y
Filipinas. Los nombres de Celestino Mutis, Ruiz, Pavón, Mociño
o Löfling –el discípulo de Linneo– están desde el siglo XVIII
vinculados a este jardín, y sus aventuras y sufrimientos por
selvas, ríos, volcanes y montañas hispanoamericanos, en los
que descubrieron y catalogaron una inmensa variedad de flora,
han dejado un poso impagable en el herbario y rincones de este
Botánico donde la investigación y la aventura han ido de la
mano.
A sus 55 años, María Teresa Tellería se siente, a su manera
y sin exageraciones, un poco heredera de aquellos naturalistas
que tanto aportaron a nuestro patrimonio científico. Por eso
habla de sus aventuras personales con un fino sentido del
humor que todo lo tamiza, empezando por la peripecia
profesional. “Entre una cosa y otra llevo en el Botánico toda
la vida. Exactamente el día que se murió Franco entraba en
esta casa a pedir una beca predoctoral, y aquí he hecho
prácticamente toda la carrera. Aquí he sido becaria
predoctoral, becaria posdoctoral, científica titular e
investigadora. Es como los que van a trabajar a la Coca-Cola
y, para llegar a altos directivos, primero les ponen a
repartir por los bares. Así he sido yo en el Botánico”.
¿Y cómo ha vivido esa trayectoria desde el reparto a la
dirección?
Creo que la he vivido bien, y además me parece muy positivo
empezar desde abajo, porque cuando estás en la dirección ayuda
a comprender mejor a todo el mundo. Cuando ahora viene un
becario a contarme cualquier cosa sé de qué habla, me lo sé
todo. Desde 1988 soy investigadora científica, y ahí hemos
topado con el techo de cristal…
Pero ha llegado a ser directora de un centro histórico
del Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
En esta casa se ha roto una tradición conmigo, porque nunca
en 250 años había habido una mujer en la dirección del
Botánico; la primera he sido yo, en 1994. Y esa tradición se
ha roto muy positivamente. Pero también se ha roto otra
tradición, y es que me voy a marchar de la dirección sin que
me hagan profesor de investigación, y todos los directores de
esta casa lo han sido. Se rompen tradiciones para unas cosas,
y otras son imposibles de romper. Lo del techo de cristal está
muy bien dicho, porque parece que no hay nada, pero intentas
pasar y no puedes. Te preguntas: ¿qué es lo que pasa? Pues mi
caso creo que lo explica muy bien. He sido una de las personas
que más tiempo han estado en la dirección, 11 años, y la voy a
dejar porque creo que he cumplido las ideas de lo que quería
hacer. Además, no es muy sano para una institución tener
durante mucho tiempo al mismo director; es necesario cambiar,
que venga alguien con enfoques nuevos. Creo que se
rejuvenecerá la casa.
Pero eso será después del 250º aniversario del jardín.
Supongo que lo celebrará.
Sí, sí, los 250 años se cumplen en octubre y tenemos varias
ideas para celebrarlo. Estamos preparando un libro, una
colección de láminas del jardín y una biblioteca virtual de
botánica. Esta casa tiene una biblioteca fantástica, y hoy
día, con las técnicas digitales, creo que se puede rendir un
buen servicio a la comunidad haciendo una biblioteca virtual
donde la gente pueda consultar el contenido de los libros,
sacarlo por su impresora y no tener que venir aquí o pedir
fotocopias. Nos hemos planteado hacer cosas relacionadas con
la función que tiene que cumplir el jardín y que perduren en
el tiempo. Y una biblioteca virtual puede ser el germen de una
red de bibliotecas virtuales, porque este país tiene fondos
magníficos de ciencias naturales. Luego, cuando el Pabellón
Villanueva esté totalmente restaurado, quizá sea el momento de
abrirlo al público con una gran exposición sobre el jardín y
su historia con los fondos que tenemos: investigación,
biblioteca y herbario. Sería fantástico. Televisión Española
ha hecho también un documental espléndido sobre los 250 años
del jardín. Ha grabado durante un año, en las cuatro
estaciones. Son 57 minutos con música original, y tiene una
parte preciosa de las expediciones.
Usted es farmacéutica, pero se ha convertido en una
reconocida micóloga. ¿No le gustaban las medicinas?
Mi padre es farmacéutico, y eso me llevo, de algún modo, a
estudiar farmacia. Pero desde siempre tuve claro que la
oficina de farmacia era un modo de ejercer la profesión que no
me gustaba; yo prefería la actividad docente o investigadora,
pero las vidas no suelen ser lineales… Tú tienes algo dentro,
que a lo mejor ni lo explicitas, pero que te va llevando, y
cuando con el paso del tiempo ves tu itinerario piensas que
todo ha sido muy coherente; pero a los 20 años no te
planteabas las cosas así, es a posteriori cuando puedes decir:
¡pero qué bien me han salido las cosas! Cuando acabé la
carrera, en Madrid, caí en el departamento de Botánica, pero
como podía haber sido en otro sitio. Allí estaba Francisco de
Diego Calonge, que era micólogo, y elegí para hacer la tesina
el grupo de hongos que luego he estudiado durante toda la
vida, los Aphyllophorales, por una casualidad. En aquel
momento vino a España un investigador noruego porque había
aparecido una colección de un botánico del siglo XIX y quería
estudiarla, y era especialista en Aphyllophorales, un grupo de
hongos que no había estudiado nadie, y empecé a estudiarlos
con él.
¿Y ha merecido la pena?
Son hongos que descomponen la madera cortada y forman una
especie de costra clara, y que pasan prácticamente
inadvertidos. Los de la península Ibérica no los había
investigado nadie, y los estudios empezaron a dar muy buenos
resultados. Yo intenté hacer un catálogo de los hongos que
fructificaban en la península Ibérica; se trataba de ver lo
que había, dónde estaba y dónde crecía. Ésa fue la primera
parte de mi carrera investigadora y los primeros trabajos de
campo: me pateé España de arriba abajo. Entonces surgió en mi
camino un proyecto del Ministerio de Educación y Ciencia de
hacer un catálogo de la flora micológica española. Se dieron
cuenta de algo elemental: que estábamos a finales del siglo XX
y España no tenía redactada ni sus floras, ni sus faunas. En
ese sentido estábamos como en el XIX, y alguien tenía que
hacer ese trabajo que ciertas personas consideran
decimonónico. Me encargaron que me ocupara de la flora
micológica española, y en 1988 iniciamos el proyecto que ha
durado hasta hoy, con gente de todas las universidades
españolas y portuguesas. Es una labor de titanes, tan larga
como ingrata. Porque es una tarea necesaria, pero, el reverso
de la moneda, a la hora de promocionar a los investigadores
que la hacen no se valora porque se considera un trabajo
meramente descriptivo y sin hipótesis novedosas. Con lo cual
entramos en una incongruencia: se financia un trabajo
necesario que por otro lado no se valora. Son situaciones
absurdas.
¿Y qué han descubierto?
Que en España hay aproximadamente unas 25.000 especies de
las que conocemos unas 11.000. Todavía nos falta por descubrir
más de la mitad.
Entonces, ¿cómo saben que hay 25.000 especies?
Se hacen cálculos de aquellos lugares donde tienen floras
muy bien conocidas –como el Reino Unido y Holanda, donde hay
menos biodiversidad y una gran tradición de estudios–, y se
sabe que allí, por cada planta vascular, hay, más o menos,
cuatro especies de hongos aparejadas. Sabemos que la flora
española tiene aproximadamente seis mil y pico especies de
plantas vasculares; multiplicas por cuatro y te salen esas
25.000 especies.
Habrán hallado especies nuevas.
Por supuesto, pero estos cálculos se hacen sobre la base de
lo que se conoce, y a día de hoy se conocen en el mundo
270.000 especies, y de éstas unas 25.000 están en la península
Ibérica (España y Portugal). Pero esas 270.000 conocidas es
una cantidad muy pequeña de las probables. Se calcula que hay
1,7 millones de especies de hongos en el mundo. Después de los
insectos, los hongos son el grupo de organismos peor conocidos
y de los más numerosos. Me siento orgullosa de haber realizado
ese trabajo de flora micológica. Hemos creado muchísimas bases
de datos y todo está informatizado a disposición de los
ciudadanos. Es una labor trabajosa y muy ingrata.
Pero los hongos le han llevado también a otras etapas
más aventureras: Guinea, Bolivia, Colombia…
Cuando te planteas el estudio de un grupo de organismos no
lo puedes circunscribir sólo a un territorio, porque entonces
tienes una visión muy estrecha de ese grupo. Lo fundamental es
ampliar el campo de estudio, ¿y cuál es la salida natural del
estudio de los organismos y la biodiversidad?: el salto a los
trópicos. Los trópicos son los lugares donde hay más
biodiversidad de la Tierra, y además donde está menos
estudiada. El gran desafío, la gran llamada, es la del
trópico. Entonces, a la primera ocasión que tuve de ir a
Guinea Ecuatorial, a finales de los años ochenta, rápidamente
me apunté. Guinea Ecuatorial empezaba a despegar y España
mantenía allí una cooperación impresionante. La Agencia
Española de Cooperación Internacional estableció un convenio
con el Botánico para catalogar la flora ecuatorial, y aquel
viaje fue mi primer contacto con un país tropical.
¿Y cómo fue ese primer encuentro?
Fue de entre admiración y miedo. Yo lo más lejos que había
ido era a Marruecos, y la primera vez que sentí ese golpe de
humedad y calor que te da el trópico fue entonces, en Guinea
Ecuatorial, en el aeropuerto de Malabo. Fui a la isla de
Bioco, con otros investigadores del Botánico, en un momento en
que en Guinea era todo muy rudimentario, y me impresionó.
¿Qué le impresionó más?
Tenía miedo. Me daba la sensación de que al ir a levantar
las maderas –porque los hongos que estudio viven en la madera
y hay que dar la vuelta a los troncos– iban a salir unas
serpientes peligrosísimas… Luego he viajado mucho a los
trópicos y he visto poquísimos animales; el peligro está en
las hormigas que te muerden, en los mosquitos… Pero ésa fue mi
primera impresión; cuando me dio la primera oleada de calor
dije: esto es el trópico. Al principio no te lo puedes creer.
Todo tu pensamiento es ver cuándo te vas a poder duchar, hasta
que te haces con el trópico y como que te abandonas a tu
suerte, entonces todo empieza a discurrir maravillosamente
bien. Después he ido bastantes veces más a la parte
continental de Guinea, y eso sí que es otro mundo, eso sí que
es de verdad África y mucho más interesante. Esa atmósfera que
tiene África y el trópico en general, con los suelos de color
rojo de hierros oxidados; esa luz especial, porque he viajado
bastante por América, pero esa luz de África…
La veo seducida por África.
Yo creo que, como el origen del hombre está allí, de algún
modo llevamos algo dentro y África tiene para nosotros una
atracción especial. No lo sabría explicar; creo que es la luz,
el color. América tiene sitios maravillosos, pero no tiene ese
encanto. Y una de las experiencias mejores para mí en África
fue la estancia en el parque nacional de Monte Allen. La Unión
Europea tiene un proyecto general de parques nacionales en el
oeste de África central –Camerún, Gabón y Guinea Ecuatorial–,
y en el centro de la Guinea continental hay una cadena
montañosa, Monte Allen, donde han creado un parque nacional. Y
allí hay un hotel en el que vivíamos.
Pues tenían mucha suerte de que hubiera un hotel, no
suele ser frecuente.
Pero sólo podíamos estar en el hotel mientras no estábamos
trabajando… Es un parque nacional en el que no puedes
trasladarte en coche, y en el momento en que entras en él todo
se hace caminando. Hay una serie de cabañas, muy rudimentarias
–te tienes que llevar hasta las camas de lona–, y la distancia
entre una y otra es de un día de camino.
Eso suena casi a exploradores del XIX…
Allí teníamos que ir con porteadores que llevaban los
pucheros, las camas, la comida, las mochilas, los elementos de
trabajo…, e íbamos de cabaña en cabaña trabajando. Es
exactamente igual que en los siglos XVIII o XIX: una vez que
has penetrado tres kilómetros en la selva es sólo la
naturaleza y tú. Puedes llevar botas más cómodas de goretex,
pero tienes que cruzar ríos y te calas los pies, y la ropa se
pone hecha un asco. La aventura es muy bonita desde fuera,
pero cuando la vives es algo durísimo. En Monte Allen nos
pasaron cosas curiosísimas: una vez estábamos en una de las
cabañas y nos atacó una marabunta…
Yo creí que eso sólo pasaba en las películas de
Hollywood.
Son hormigas que van por el bosque formando una enorme
procesión, y que ves llegar en una oleada negra. Estábamos
durmiendo en dos cabañas y los porteadores tenían otra
cabañita donde siempre había un fuego encendido. De repente
empezamos a oír gritos, y cuando nos dimos cuenta todo
empezaba a invadirse de hormigas, la cabaña estaba negra.
Salté del catre, me puse unas botas de goma y una camiseta, y
salí disparada hacia el fuego. Los porteadores, a base de
calentar agua y sacudir a las hormigas con ramas de palmera,
consiguieron mantener aquella cabaña más o menos soportable.
Son hormigas que muerden y hacen un daño horroroso; tienen
unas tenazas que muchas veces los indígenas utilizan para
coser heridas: las pinzan a los bordes de la herida, retuercen
a la hormiga y quitan el cuerpo, y dejan las pinzas como si
fueran grapas para cerrar la herida…
¿Y qué hacía en medio de África?
Buscaba hongos Aphyllophorales, y el trabajo que hicimos
allí ha dado muy buenos resultados porque se han visto cosas
que biogeográficamente son difíciles de explicar. Por ejemplo,
de algunos de estos hongos sólo se conocen dos poblaciones en
el mundo, y una está en Guinea Ecuatorial y otra en Florida.
¿Cómo se puede explicar esa distribución? Una explicación es
por las autopistas del viento, la teoría que estudia Jesús
Muñoz, otro investigador del Botánico; pero es un poco
complicado porque estos hongos viven en la parte inferior de
la madera caída, contribuyen a que se pudra la madera.
¿Su función es la de pudrir la madera?
Es un cometido importantísimo porque gracias a su función
se descompone la madera y se forma suelo. Imagínese un mundo
en el que la madera no se descompusiera: no habría sitio para
crecer.
Y siguiendo a sus hongos, abandonó África para trabajar
en otras selvas, las de Colombia y Bolivia.
Ahora estamos haciendo estudios en el neotrópico, por eso
viajé en una expedición fantástica a Colombia –sobre todo
viéndola hoy, porque cuando la viví no me pareció tan
fantástica–, y luego con otro proyecto a Bolivia para ver lo
que tienen de parecido las floras del neotrópico con las del
paleotrópico.
Tengo entendido que en Colombia tampoco le faltaron
sorpresas y riesgos.
En 1992 viajamos un grupo de naturalistas a Colombia, a
Chiribiquete, en una expedición hispano-colombiana, con vistas
a explorar una zona muy poco conocida de la Amazonia
colombiana, la de Villavicencio, muy interesante desde el
punto de vista biológico porque tiene los tepuyes, una especie
de mesetas que se alzan como islas en medio de la selva. Un
grupo de unos 20 investigadores fuimos en avión hasta
Villavicencio, y luego en un avioncito de hélice hasta
Miraflores, un pueblo donde los aviones aterrizan en la calle
principal del pueblo, una calle de tierra por la que van los
tractores y cuando oyen llegar a los aviones se apartan… Es un
poblado como los del Oeste, todo de madera, y la policía
estaba atrincherada con respecto a la población porque por la
zona había mucho cultivo de coca. Ése era el pueblo desde
donde teníamos que ir a nuestro destino: Chiribiquete. Luego,
para ir a las mesetas, nos tenían que llevar en helicóptero
porque no había otra forma de entrar y salir.
Una aventura en toda regla.
Estuvimos casi un mes viviendo en unas condiciones muy
precarias en tiendas de campaña, y la que yo compartía con una
becaria de Doñana calaba y todas las mañanas amanecíamos
empapadas. Del tepuy, o meseta en la que estábamos, podíamos
malamente bajar hacia la parte inferior de la sierra; pero
había que hacerlo por unas torrenteras, y a media tarde caían
unos chaparrones impresionantes, de modo que bajábamos en
seco, pero teníamos que subir en mojado con el agua por la
cintura. Naturalmente nos lavábamos en una poza y estábamos
eternamente con la ropa mojada. Cuando queríamos ir a trabajar
a alguna meseta nos llevaba un helicóptero que se marchaba y
volvía a recogernos. Y esa sensación de estar en medio de un
océano verde alrededor, sin nadie ni nada, y pensando todo el
tiempo: ¿se acordará el piloto dónde nos ha dejado? Era un
pensamiento que nadie explicitaba, pero que todos teníamos en
la cabeza, porque pensabas: si le pasa algo al piloto, nos
quedamos aquí para siempre. Así que todos estábamos esperando
oír el pi-pi-pi-pi, el sonido del helicóptero que volvía a
buscarnos, porque no había camino, no había posibilidad de
echar a andar… Era una sensación angustiosa, una experiencia
buenísima en el sentido de medirte con la naturaleza y contigo
misma.
¿Cuántas veces se ha preguntado “qué se me ha perdido
aquí”?
Esa reflexión me la he hecho millones de veces, cuando me
metía en la cama por la noche, por llamarla así, y me decía:
¿pero quién te ha mandado venir aquí con lo bien que estabas
en Madrid?, ¿qué necesidad tienes de esto? Me juraba que no
volvería nunca más, pero luego vuelves. En el fondo es una
aspiración idealizada de lo que puede ser la libertad.
Piensas: cómo voy a perderme estas cosas, si esto es vivir.
¿Usted hace deporte, es una persona resistente?
No especialmente. He trabajado mucho en el campo y estoy
acostumbrada a moverme, pero no soy una persona que haga mucho
deporte; voy a nadar tres veces por semana, y eso es más o
menos lo que hago. Verdaderamente, el trabajo en esas
expediciones es durísimo, porque no acaba cuando vuelves al
campamento; entonces tienes que preparar el material recogido,
ponerlo en sus papeles, numerarlo…, no se puede estropear.
Pero debe de tener sus compensaciones porque crea una
especie de adicción expedicionaria…
Allí, en Chiribiquete, vimos unas pinturas rupestres de una
belleza increíble, porque los indígenas de la zona lo tenían
como un lugar de iniciación. ¿Se imagina lo que es llegar a un
sitio en medio de la selva y encontrarte unas paredes pintadas
en terracota, con seres humanos, animales, palmeras, ríos, que
nadie ve como no le lleven en helicóptero? Cuando una pared
hace un entrante, protegido de la lluvia, allí pintan, y
prácticamente no están estudiadas, es una de esas zonas de las
que se dicen “prácticamente inexploradas”.
¿No se sentía un poco heredera de los expedicionarios
españoles del XVIII y XIX, los Mutis, Pavón, Jiménez de la
Espada?
Yo siempre digo que esto ayuda a comprender muy bien lo que
ellos vivieron, porque ahora es lo mismo que en el XVIII. Las
cosas han cambiado mucho cuando vives en una sociedad como la
nuestra, donde hemos hecho un mundo artificial para nuestro
confort, y abres un grifo y sale agua, y das a un botón y hay
luz; pero cuando te tienes que lavar en un río y también lavar
allí los perolos… Una cosa que me impresionó de Madidi, en
Bolivia, es que vi una palmera que se llama Iriartea
deltoidea, que es una palmera que sólo había visto en las
láminas de Ruiz y Pavón que tenemos en el jardín, y cuando la
vi sentí como si estuviera en casa… En el fondo es continuar
la labor que ellos hicieron. Cuando lees sus diarios es
impresionante, porque hoy vamos al trópico en menos de 40
horas y te impresiona la vegetación, y eso que vivimos en la
sociedad de la información. Y ellos que eran de pueblos, que
no habían viajado, los subían en un barco, los dejaban en Perú
y, ¡hala!, a estudiar la flora de Perú, que era todo un mundo
y nada que ver con lo que habían visto en España. Fue algo
impresionante. Y eres capaz de ponerte en su pellejo, en sus
sentimientos, en lo que tenían que vivir, en la cantidad de
tiempo que pasaron fuera de su país. La historia de la
expedición de Dombey, que era francés, es asombrosa, para
hacer una película. Fue con dos españoles, Hipólito Ruiz y
José Pavón, y Dombey acabó casi volviéndose loco. Y son las
mismas sensaciones que hemos vivido nosotros en el siglo XX.
Ha citado el Proyecto Madidi. Cuénteme qué hizo por las
selvas bolivianas.
El parque nacional de Madidi es una de las zonas mejor
conservadas de Bolivia por lo escarpada. Es un lugar donde
sólo puedes entrar a través de los ríos, en canoa, hasta
Rurrenabaque; luego te acercan en coche hasta la periferia del
parque, y allí hay que entrar andando. Este proyecto tenía un
doble objetivo: estudiar una zona inexplorada, porque casi
nadie había entrado, y explicar a través de una página web el
diario de un proyecto vivido día a día. Lo hicimos a tres
bandas: el Herbario Nacional de Bolivia, el Botánico de Misuri
y el Real Jardín Botánico de Madrid.
¿Y cómo les fue en esta expedición?
Lo de Madidi es impresionante porque tiene una orografía
muy complicada, grandes diferencias de altura y toda la
variación de vegetación, desde casi la parte alta de los Andes
hasta caer en la Amazonia. Eso permite estudiar muchos tipos
de vegetación en un espacio relativamente pequeño para las
dimensiones de la Amazonia. Hay muy pocos datos de esta zona,
y por eso el estudio tiene muchísimo interés; pero el trabajo
es muy lento, se tarda mucho en tener resultados, no son de
impacto rápido aunque es una obra que se utilizará cien años.
Mi vivencia fue muy buena, más suave que la de África y
Colombia, o quizá es que me pillaba ya más entrenada. Ha sido
en los últimos años y tenía más experiencia…
O había perdido ya el miedo inicial…
He ido perdiendo el miedo del principio, de cuando llegas a
un sitio y todo te asusta, pero no quieres decirlo. Yo, en el
fondo de mi ser, me consideraba un poco aventurera; pero
cuando llegas a un lugar desconocido empiezas a mirar las
cosas con otros ojos, te empiezas a asustar, pero no lo
quieres reconocer, lo cual es horroroso porque vives en una
contradicción absurda. Luego, a medida que vas teniendo más
seguridad, cuando te asustas no te importa decirlo, pero al
principio hay que demostrar lo que no se es… Ahora el único
problema que tengo en Bolivia, donde repito mucho eso de
“quién me mandará a mí venir aquí”, es cuando llego a La Paz y
todas las veces me ataca el mal de la altura y me pongo a
morir, directamente a punto de infarto. Me tengo que meter en
la cama, no me lo aguanta el organismo, pero vuelvo… También
es verdad que cuando lo cuentas parece todo mucho más
tremendo, cuando lo estás viviendo es todo bastante normal.
Creo que es más los ojos con que lo miramos desde nuestra
cultura, eso es lo que le da el valor, lo realzamos por ser
más extraordinario.
Dígame, ¿dónde le gustaría perderse?
Estoy muy interesada por la biogeografía de islas y me
gustaría mucho ir a dos pequeños archipiélagos: a Santa Elena,
en el Atlántico sur, y a las islas de Juan Fernández, en
Chile, las islas donde se desarrolla la novela Robinson
Crusoe. Me encantaría ir allí, tienen para mí como una especie
de imán cuando me asomo al mapa; debe de ser el mito de
Robinson Crusoe… En este afán aventurero, que de algún modo
tengo, debió de influir que cuando era pequeña teníamos en mi
casa las obras completas de Julio Verne, y cuando estábamos
enfermos mirábamos aquellos libros y aquellos grabados del
siglo XIX. La isla misteriosa, Viaje al fondo del mar, eran
como un mundo de aventuras donde el hombre se enfrentaba a la
naturaleza. He podido leer La isla misteriosa como sesenta
veces… Y otra novela que me encantó es La jangada, la que
bajaban por el Amazonas; aquellos grabados de árboles
retorcidos con lianas se me quedaron grabados, así que luego
me he apuntado a un bombardeo para ir a verlo. Claro, que
también me influyeron películas como Las minas del rey
Salomón… La aventura siempre me ha encantado; me gustaban
hasta las películas de los misioneros que ponían en mi pueblo,
en Mondragón, unos franciscanos. Me parecía maravilloso ver,
en tonos sepia, a los pigmeos, los indios y el misionero que
llegaba. Era como un National Geographic de pueblo. Hubiera
sido capaz hasta de apuntarme a misionera, yo pensaba que
aquella profesión sí que era buena…
Le queda un año de directora del Botánico, la veo por
las islas de Robinson Crusoe…
Pienso buscar financiación para ir. Ya le contaré…
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